
A lo que mi amiga se refiere es a las vidas que retrata la novela, a la historia de los hermanos Javier y Slavia Viuscate, sus giros y motivaciones. “¿Ustedes lo pasan tan mal?”, fue su pregunta, en un tono que mezclaba sorpresa y también algo de indignación. Yo, sin pensarlo más de un segundo, asentí, aunque le aclaré que no es que tengamos una vida de mierda, sino que tenemos miles de posibilidades que antes estaban vetadas y que los 2000 nos ofrecen para armar vidas en muchos casos solitarias y egoístas.
La gran queja de mi amiga es que los hermanos Viuscate, Catalina y Franjo son personas individualistas que se miran el ombligo todo el tiempo. “A tus personajes les faltó vivir en el campo”, me dijo. Y puede que sea cierto. Javier y Slavia crecieron en el Santiago gris, chato y aburrido de los 80 (ni hablar de las restricciones y pocas oportunidades de la época), en una familia disgregada, con una madre frustrada por la soledad y un padre ausente. Javier ideó su nueva vida a partir de un viaje a España y Slavia a partir de un error en el Billings; él huye permanentemente y ella se estanca, es incapaz de avanzar, se aferra a lo que le es más cómodo, sin que necesariamente eso la haga feliz.
Y sí, puede ser que los que estamos entre los 28 y los 35 no lo pasemos tan bien como en las generaciones anteriores. Según lo que se dice, somos una generación individualista, solitaria, plagada de ermitaños que arman su propia vida como mejor les place y que en muchos casos dejan muertos en el camino; estamos rodeados de oportunidades para cumplir nuestros sueños, podemos irnos del país a estudiar o a buscar nuevos horizontes porque tenemos mochilas livianas. Privilegiamos la soledad y nuestras relaciones de pareja se justifican en eso de que “las cosas son o no son”, y si no son podemos dar media vuelta y escapar, porque el aguante de nuestros padres no nos define (“¿para qué aguantar?” se preguntan algunos). Otros no huyen y, como Slavia, aprietan los dientes y se dan una nueva oportunidad, aunque ello signifique secarse como planta y fantasear con el escape que jamás ejecutarán. Pero también es cierto que muchos de estos personajes están contentos con la vida que eligieron, precisamente porque pudieron elegir. Tomar una decisión.
Para escribir “El mapa de lo remoto” miré a mi alrededor mucho más que antes, mucho más que siempre, más que cada vez que miro el mundo con ojos atentos porque creo que todos tienen una buena historia que contar (¿no hacemos eso los escritores?), eché mano a historias cercanas, a referentes, a diálogos conocidos (e incluso vividos), a dramas ajenos (previa autorización de sus reales protagonistas) y a “estereotipos de estereotipos” para ahondar en la histeria, la inercia, el dolor y la amistad. Escribí esta novela con la certeza de que el mundo está lleno de hombres que escapan como Javier sin tener muy claro las razones, de Catalinas abandonadas que deben asumir el desapego, de Slavias que fantasean con la vida que ya no eligieron, de Franjos que arman la vida en un bar y creen en la amistad.
Quizás nuestra generación es un poco como un departamento piloto: se ve ordenado, limpio, casi perfecto. El “casi” es el que nos acusa. Vivimos en una sociedad globalizada y competitiva, (aquí el que no corre vuela), tenemos poco tiempo, nos cuesta consolidar relaciones, queremos comernos el mundo, estamos solos y a veces eso aterra, o estamos solos y nos completa (aunque esa completud es más bien un deseo), se nos olvida disfrutar de cosas simples y en muchos casos nos automedicamos porque no somos tolerantes a la frustración, tampoco sabemos sobrellevar bien el dolor. Pero seguimos adelante, avanzamos, este es el mundo de los 2000, una locura, a ratos lo pasamos bien y a ratos también muy mal.
Y claro, parecemos departamentos pilotos, puede ser. Aunque también es cierto que sabemos guardar el polvo bajo la alfombra con mucha prolijidad, con más cuidado que otras generaciones. Quizás debamos culpar (o agradecer) a la globalización.

