Wednesday, March 11, 2009

DEPARTAMENTOS PILOTO


Me lo dijo una amiga después de leer mi última novela: “Estoy impresionada con tus personajes, ¿así es tu generación? Parecen departamentos piloto”. Ella se refiere a los protagonistas de “El mapa de lo remoto” (Alfaguara, 2009), el libro que acabo de publicar y que hoy miro de reojo, con pudor, mientras vivo la depre post publicación (que es algo así como la depre post parto).
A lo que mi amiga se refiere es a las vidas que retrata la novela, a la historia de los hermanos Javier y Slavia Viuscate, sus giros y motivaciones. “¿Ustedes lo pasan tan mal?”, fue su pregunta, en un tono que mezclaba sorpresa y también algo de indignación. Yo, sin pensarlo más de un segundo, asentí, aunque le aclaré que no es que tengamos una vida de mierda, sino que tenemos miles de posibilidades que antes estaban vetadas y que los 2000 nos ofrecen para armar vidas en muchos casos solitarias y egoístas.
La gran queja de mi amiga es que los hermanos Viuscate, Catalina y Franjo son personas individualistas que se miran el ombligo todo el tiempo. “A tus personajes les faltó vivir en el campo”, me dijo. Y puede que sea cierto. Javier y Slavia crecieron en el Santiago gris, chato y aburrido de los 80 (ni hablar de las restricciones y pocas oportunidades de la época), en una familia disgregada, con una madre frustrada por la soledad y un padre ausente. Javier ideó su nueva vida a partir de un viaje a España y Slavia a partir de un error en el Billings; él huye permanentemente y ella se estanca, es incapaz de avanzar, se aferra a lo que le es más cómodo, sin que necesariamente eso la haga feliz.
Y sí, puede ser que los que estamos entre los 28 y los 35 no lo pasemos tan bien como en las generaciones anteriores. Según lo que se dice, somos una generación individualista, solitaria, plagada de ermitaños que arman su propia vida como mejor les place y que en muchos casos dejan muertos en el camino; estamos rodeados de oportunidades para cumplir nuestros sueños, podemos irnos del país a estudiar o a buscar nuevos horizontes porque tenemos mochilas livianas. Privilegiamos la soledad y nuestras relaciones de pareja se justifican en eso de que “las cosas son o no son”, y si no son podemos dar media vuelta y escapar, porque el aguante de nuestros padres no nos define (“¿para qué aguantar?” se preguntan algunos). Otros no huyen y, como Slavia, aprietan los dientes y se dan una nueva oportunidad, aunque ello signifique secarse como planta y fantasear con el escape que jamás ejecutarán. Pero también es cierto que muchos de estos personajes están contentos con la vida que eligieron, precisamente porque pudieron elegir. Tomar una decisión.
Para escribir “El mapa de lo remoto” miré a mi alrededor mucho más que antes, mucho más que siempre, más que cada vez que miro el mundo con ojos atentos porque creo que todos tienen una buena historia que contar (¿no hacemos eso los escritores?), eché mano a historias cercanas, a referentes, a diálogos conocidos (e incluso vividos), a dramas ajenos (previa autorización de sus reales protagonistas) y a “estereotipos de estereotipos” para ahondar en la histeria, la inercia, el dolor y la amistad. Escribí esta novela con la certeza de que el mundo está lleno de hombres que escapan como Javier sin tener muy claro las razones, de Catalinas abandonadas que deben asumir el desapego, de Slavias que fantasean con la vida que ya no eligieron, de Franjos que arman la vida en un bar y creen en la amistad.
Quizás nuestra generación es un poco como un departamento piloto: se ve ordenado, limpio, casi perfecto. El “casi” es el que nos acusa. Vivimos en una sociedad globalizada y competitiva, (aquí el que no corre vuela), tenemos poco tiempo, nos cuesta consolidar relaciones, queremos comernos el mundo, estamos solos y a veces eso aterra, o estamos solos y nos completa (aunque esa completud es más bien un deseo), se nos olvida disfrutar de cosas simples y en muchos casos nos automedicamos porque no somos tolerantes a la frustración, tampoco sabemos sobrellevar bien el dolor. Pero seguimos adelante, avanzamos, este es el mundo de los 2000, una locura, a ratos lo pasamos bien y a ratos también muy mal.
Y claro, parecemos departamentos pilotos, puede ser. Aunque también es cierto que sabemos guardar el polvo bajo la alfombra con mucha prolijidad, con más cuidado que otras generaciones. Quizás debamos culpar (o agradecer) a la globalización.

Friday, January 02, 2009

LA CULPA ES DE BARCELONA


Anoche vi al fin "Vicky Cristina Barcelona", la última película de Woody Allen que estaba esperando para confirmar si realmente Penélope Cruz actuaba tan bien como para ganarse los premios que ha recibido y posiblemente una futura nominación al Oscar. No es que no crea en el talento de "Pé", pero una cosa es actuar en español y otra en inglés. Para ella, al menos.

Penélope no era lo que más me importaba, mi motivación real es Javier Bardem, porque, tal como dice una amiga mía con mucha gracia, es cosa de verlo y pensar "¿por qué el destino no nos junta por 48 horas?". Imposible dejar de pensarlo después de ver a su personaje de pintor español herido por ex mujer y que busca desesperadamente volver a sentirse vivo y menos solo. Porque finalmente lo que lo motiva a invitar a dos turistas estadounidenses a conocer Oviedo y a dormir juntos es eso: evitar la soledad. Entonces se encuentra con dos chicas: una pragmática y con los pies pegados a la tierra con Agorex (a días de casarse con un chico de Manhatan y con la vida planificada hasta los 50 años) y otra, una actriz que no sabe lo que quiere (sólo sabe lo que no quiere) y que prende ante la posibilidad de una aventura con este artista apasionado que está dispuesto a vivir sin límites una vida que él mismo define como corta.

Pero, claro, todos los personajes tienen su debilidad, sus sueños y también se reprimen. Victoria, por ejemplo, la chica que está a punto de casarse con el novio de toda la vida-celular pegado a la oreja-hagamos un negocio-juguemos golf llega a Barcelona enamorada y después de conocer al pintor, de emborracharse en medio de una interminable conversación, pasear con él por rincones de Oviedo y conmoverse ante la guitarra flamenca, se da cuenta de que algo le falta con el yuppie boy y que quizás se ha apurado con lo del matrimonio. O sea, sus planes trazados están más débiles que nunca. La vida es más que la seguridad y estabilidad... Aunque tampoco se puede vivir de una noche de titulares o de diálogos magistrales tipo "Antes del Atardecer", porque la vida cotidiana es otra, ¿o no?

La otra chica, Cristina, es más apasionada y se deja llevar por el artista español y su hiper sensibilidad. Pero ella también tiene una gran debilidad: no sabe lo que quiere, es una insatisfecha crónica. se aburre con facilidad, necesita una vida dinámica y estar en el carro de la montaña rusa, de lo contrario es mejor retirarse y buscar otros rumbos. Pura inestabilidad, pura experimentación. Cristina no se compromete, no encaja, está permanentemente buscando. Aunque, ahora que lo pienso mejor, creo que todos los personajes de la película de Woody Allen están buscando algo y varios de ellos no se atreven a buscarlo en serio, temen perder la paz (ficticia) de la vida que tienen, cubren la desdicha, siguen adelante, y otros se la juegan, se lanzan al acantilado y luego piensan qué hacer al respecto... Incluso María Elena, el personaje de "Pé", una ultra inestable pintora que no logra desprenderse de su ex marido (Bardem. Yo tampoco podría desprenderme de él) y que busca cuál es el ingrediente que falta en su matrimonio para funcionar.

El asunto es que todo pasa en Barcelona y eso hace creer que es la ciudad la que motiva los cambios, las situaciones, por la pasión española, la sangría, el vino, los gritos y el follaje vario... ¿Será el viaje, el hecho de estar lejos del mundo armado? ¿O quizás estas cosas a veces nos pasan "como en las películas" y no tenemos el coraje de tomarlas? Digo, como tener al personaje de Javier Bardem invitándonos a vivir un "amor incompleto que siempre es romántico" y jugar a medias, por miedo.

No sé, esto me recuerda una conversación que tuve en un almuerzo con amigos hace algunas semanas. Ale contaba (presionada) detalles de su romance actual, pero se veía temerosa, insegura, con el hamster vuelto loco en su cabeza e incapaz de tomar una decisión... Entonces Fran, que es LO asertiva, le dijo: "Imagina que estás en Acapulco y ahora dime, ¿qué es lo que te falta para tirarte el clavado?"

Y bueno, esa es una pregunta que yo, al menos, me hago día por medio.

Tuesday, December 23, 2008

EL PANORAMA GENERAL


"Silencio. Estoy viendo el panorama general", dice la doctora Bailey a un residente cuando la interrumpe en un lapsus/momentum/focus que roba toda su atención. Sí, soy un poco adicta a Grey's Anatomy, confesión que arrastra más de algún prejuicio, como aquel que sentencia que me gustan las "girl series" que tratan sobre relaciones entre personas, sobre todo relaciones de pareja y me empuja a discusiones que van del príncipe azul a la falta de compromiso. Seguido de esto, viene aparejado el prejuicio de "ah, tú eres una escritora que escribe para mujeres"... Entonces me embarco en la estéril discusión en la que intento probar lo contrario (no siempre 100% convencida) y la conversación se desordena.

Hoy, en medio de la efervescencia del partido Chile vs Venezuela, escuchaba la historia de una chica que pasea por la treintena por un sendero de ensayo y error que la tiene agotada. Entonces recordé una canción de Fiona Apple que dice algo así como: "Es un mundo triste cuando un chico hiere a una chica sólo porque quiere", aunque no se lo comenté a la chica para no quedar como una latera. Sólo levanté una ceja y le hice un gesto del tipo "te entiendo, esas cosas pasan", cuando en realidad no estoy muy convencida de entender por qué ocurren. Ella, una chica linda de treinta y algo, con una carrera, sueños y estilo, no consigue lo que desea: una buena historia de amor. Se ve abatida y cansada, detrás de un maquillaje perfecto y de ropa que resalta sus formas, es una chica triste, herida. No sé, después de que me contó su historia pensé en la canción de Fiona Apple y en aquello de "c'est la vie". También pensé en la intensa Edith Piaf y su "no me arrepiento de nada".

Lo del panorama general es un consejo que no pude evitar. Es cierto, los consejos se piden, pero después de unos tragos y en ambiente de fiesta una puede tomarse algunas licencias. Entonces, sin poder aguantarme, le propuse que observara el panorama general, más allá de ese fracaso puntual con aquel chico-tipo 2009-le temo al compromiso, y creo que le gustó la idea, porque pensó unos segundos y me dijo: "Bueno, la verdad es que no puedo quejarme tanto. En mi vida he tenido historias que otras personas no podrían imaginar si quiera". Yo, que no me controlo ante la novedad- ni ante el fantasma de Hollywood- le pedí que me contara alguna de ellas, y ella accedió.

La chica llevaba en su archivo dos historias del tipo "Antes de amanecer", la película de Richard Linklater que saca suspiros entre muchos hasta el día de hoy. Amores cortos, pero intensos, historias de horas "llenas de chemistry y lust", en sus propias palabras, que finalizaron con la salida del sol o el despegue de un avión en un país remoto. "La verdad es que he logrado una felicidad momentánea, y ha sido total. Lo triste es que no perdura y se convierte en un recuerdo nada más", me dijo. Nada más, pensé yo, ¡pero qué mal agradecida es ella! Un par de historias de película y ella se queja porque el último pastelito no la llamó más.

Entonces pensé que evocar el panorama general es una buena terapia. Mirar hacia atrás y encontrar la diferencia. Puede resultar fácil, bonito y gratis.

Mi buena obra del día: escuchar las penurias de una desconocida y llegar a la conclusión que un buen panorama general nos salva de la tristeza.

Al menos por hoy, puedo dormir tranquila.

Tuesday, December 16, 2008

LA VIDA QUE USTED MERECE

Lo escuché del personaje de Addison Montgomery, el personaje sacado del Seattle Grace Hospital de Grey´s Anatomy y llevado a la nueva apuesta de Shonda Rymes, la serie "Private Practice". Si bien la nueva serie me parece un poquito forzada, he encontrado algunas frases para el bronce que suenan bien y otras que están de más, porque en la vida misma también sobran.

Ayer comentaba con mi grupo de amigos de almuerzos delirantes y conversaciones con "chapa" (ninguno de los aludidos en esos diálogos es nombrado por su verdadero nombre) que una de mis acciones freak es tener algunas libretas-cuadernos-tesoros en las cuales anoto las buenas frases que encuentro en libros, letras de música y hasta películas, como una forma de retener aquellas excelentes frases que puedan explicar ciertas situaciones. Sí, es parte de un buen pajeo mental, un nuevo afán por complicarse la vida y buscar la quinta pata. Pero así es no más.

Si la frase "Si tienes miedo es porque tienes algo que perder" de Meredith Grey me pareció buena, aunque no demasido original, un click parecido me produjo "La gente buena debería tener la vida que quiere" de la Dra. Montgomery, a propósito de una mujer con una enfermedad genética que descubre que le queda poco tiempo de vida justo cuando se ha propuesto tener un hijo con su marido, un hombre que la quiere, cuida y protege, por cierto. El tema es que esta mujer, al descubrir que tiene el gen que acorta su vida, decide escapar del lado de su marido a morir sola en alguna parte, hasta que se agote el tiempo y desaparezca por esta injusticia del azar. Entonces Addison (que quiere tener hijos y no puede) comenta que las buenas personas deberían tener una buena vida, y sobre todo, la vida que quieren. Y le aconseja a su paciente hacerse cargo de esa posibilidad, pensar en la vida que quiere vivir.

Finalmente, la mujer enferma regresa a su casa y decide que tendrá un hijo de todos modos, porque lo que le resta de vida prefiere disfrutarla como ella quiere, porque va a vivir la vida tal y como se lo ha propuesto.

Puede que me haya pillado un poco hormonal este capítulo de la serie, pero la idea de la vida que uno quiere me hace mucho sentido. Sobre todo cuando, a veces, el problema es ignorar cuál es exactamente la historia que uno quiere vivir.

Sunday, December 14, 2008

SEPARADOS, SEPARADAS... NO ES LO MISMO (FINAL)

ESO DE "REHACER LA VIDA"

Después de conocer a la “loca”, para el separado es importante rearmarse. Ese tipo de mujer puede destruir su vida, o al menos su billetera, su salud mental o la libertad que tanto valora. Ellas están en algún bar o after hour en día de semana y deslumbran con sus años menos y la energía que exudan, aunque todo cambia cuando el separado las deja entrar en su casa y luego no hay cómo sacarlas. Por lo general son controladoras, escandalosas y buscan tener marido e hijos en tiempo récord; o sea, una mezcla letal de histrionismo inicial que luego choca con un reloj biológico desesperado o e otros casos, necesidades afectivas ilimitadas que un ser humano normal es incapaz de suplir.
Esto puede ser un infierno para él, que no quiere compromiso, sino un staff de mujeres dispuestas a salir, porque en la variedad está el gusto y hay frases que un hombre no está dispuesto a volver a escuchar en lo inmediato. Ellas se quejan por todo, qué duda cabe, y la paciencia ya no alcanza para ellos.
La separada, en cambio, inicialmente puede llorar a su ex como una viuda y ponerse en plan de claustro durante varios meses antes de aceptar salir con las amigas a bares o discotecas como dice una amiga, en esas salidas se huele la vulnerabilidad y lo siguiente es el peligro); ni hablar de la cita a ciegas, a la que sólo una mujer separada está dispuesta después de mirarse al espejo y sentirse "venida a menos". Pero no basta con el consentimiento, en muchos casos es estrictamente exigible un CV completo del sujeto, no vaya a ser un loco, un pervertido o un hombre demasiado "lúdico" en los terrenos del amor. La separada no olvida que lucha entre lka esperanza y la autocompasión, por lo tanto está demasiado sensible como para enfrentar más sorpresas.
Asumida la cita a ciegas, surge el comentario clásico: “Confórmate”, le dicen las amigas, porque aunque el nuevo prospecto no sea muy guapo, mañoso, gordo o amanerado, es lo que hay, y negarse a LA alternativa equivale a un fin de semana en casa viendo sollozante el añejo video de matrimonio (donde la mujer en cuestión estaba flaca como fideo, sonreía feliz y tenía el mundo a sus pies).
Pero aunque los separados aparentemente lo pasan mejor, siempre hay excepciones. Después de la juerga, la cama deshecha de lunes a viernes, los platos sucios en el living y la toalla en el suelo del baño, algunos comienzan a extrañar lo que tenían de casados, aunque no estén dispuestos a firmar un papel otra vez. Un amigo me comentaba no hace mucho que el hombre separado extraña algo mucho más que el sexo: la bien conocida "cucharita", es decir, dormir acurrucado en la espalda de su mujer, como una muestra de máxima ternura.
Ellas, en cambio, también pueden sufrir una mutación y con el tiempo ser menos autocompasivas; muchas quieren pasarlo bien, a lo Thelma y Louise, y cada día se sienten más felices por no tener que bajar la tapa del baño como antes, sacar los pelos del jabón de la ducha o rendir cuentas por las tarjetas de las multitiendas.
Es que parece que cuando cuesta más tomarle el gusto, más se disfruta la libertad. ¿Hasta cuándo? Bueno, como dice Damien Rice, hasta que encuentre a otro(a).

Sunday, November 23, 2008

SEPARADOS, SEPARADAS... NO ES LO MISMO (PARTE II)

¡SÁLVEME QUIEN PUEDA!

Las separadas entran en crisis a los tres minutos de la ruptura. Al desbarajuste emocional y hasta psíquico en algunos casos (todo tiene remedio, menos la muerte), también se puede sumar una crisis económica doméstica (que sumada a la crisis mundial puede ser más dramática aún. Hay que apretarse el cinturón y hasta sacarse costillas en el proceso). En ese momento las mujeres deben hacer malabares con la llamada "economía familiar", por lo que hacer la fila del supermercado, ir al banco o pagar una cuenta se convierte en un suplicio. No significa la bancarrota, pero que cambia la vida... cambia. Una mujer separada se siente sola en este mundo y con la billetera reducida, aunque el ex cumpla semanalmente con la plata para los niños.
Parte del estereotipo femenino tiene que ver con ese incómodo mito que dice que para salir de la depresión no hay nada mejor que comprar -o vitrinear dadas las circunstancias- con las amigas incondicionales que llevan a la separada al mall y al supermercado. Un paseo de dos horas, carro en mano y la tarjeta de crédito adicional que el ex no ha pedido de vuelta, las alegra por un rato, al igual que el café en el Tavelli, el happy hour en algún pub, la travesura en la salsoteca o la reunión femenina en alguna casa con todas las amigas hablando pestes del sexo fuerte.
La rutina de la separada también incluye sí o sí ayuda profesional, entiéndase psicólogo, psiquiatra, instructor de pilates o maestro de yoga. Ella necesita que la escuchen y aconsejen, aunque siempre se sentirá sola. Eso la deprime tanto como la comida que sobra, el lado frío de la cama y el dominio del control remoto, que pudo ser una larga batalla, aunque en realidad se reduce sólo a hinchar las pelotas del marido.
Con el tiempo también se resiste a salir. "Me molesta la gente feliz, las parejitas de la mano, el gordo que llama a la gorda", comentan. En una primera etapa-cuando aún no descubre los beneficios de su status- ella se resiste a ir a matrimonios, bautizos o cumpleaños, pues carga con el estigma de ser "la separada" y con eso que dicen que a las casadas no les gusta compartir con mujeres "disponibles" que le puedan mirar y luego quitar al marido. Pura envidia seguramente, porque el recauchaje-reajuste-renovación de la separada puede ser notable...
EL SÍNDROME PETER PAN
El separado, muchas veces expulsado por la fuerza centrípeta del odio de su ex mujer, se queda parado en medio de la calle con la sensación más extraña de la libertad, respira hondo y sonríe, sintiendo que los años pesan menos, porque no importa si está en la treintena, la cuarentena o más, él siempre tiene esa sorprendente capacidad de levantarse rápidamente después de la caída. Entonces toma el celular, cambia “Casa” por “Bruja” y se apronta a vivir lo que siempre soñó.
Todo quiebre trae un duelo. El hombre, por lo general, se lo salta. Del último adiós a un paseo por la sección juvenil o deportiva de algún mall hay sólo un paso. A eso sigue una estricta dieta y deporte para sentirse renovado, dejar la ponchera atrás y el título de rey del asado, aprovechando el nuevo status para resucitar al seductor que lleva dentro. Ahora puede mirar tranquilo a la mujer que se le cruce, ir al fútbol sin escuchar quejas, ver los partidos con amigos, salir todas las noches y reencontrarse con la juventud y por qué no, también con las mujeres jóvenes con las que ha fantaseado.
Algunos separados son atacados por el “síndrome Peter Pan”: se niegan a crecer, o mejor dicho, a envejecer. Y empieza la renovación, casa nueva (un desastre casi siempre, el orden les recuerda a la bruja neurótica), gimnasio, refrigerador con cervezas, quesos y una que otra fruta de varios días, comidas en el Liguria con los amigos separados y fiestas electrónicas (toda una novedad, nunca habían estado en una).
Y a reina muerta, reina puesta. La noche empieza en algún bar cerca del trabajo con esos colegas con horas libres antes de regresar a casa. Allí el ego sube hasta las nubes cuando ellos confiesan la envidia que sienten por la libertad y tiempos propios del “nuevo soltero”. Más tarde y porque la noche es larga, el separado recurre a algún amigo en su misma condición para ir a un sitio más concurrido, claro que hay que rezar para que el comensal no ande como alma en pena por la ruptura, porque el Peter Pan quiere rejuvenecer y no ser un consejero matrimonial. Más tarde el destino es algún boliche tipo La Batuta, salsoteca para los más osados o Las Urracas para los que quieren ir a la segura. Nunca está de más un recreo en un lugar tipo Champaña o Lucas Bar, pero a veces el bolsillo no da para tanto.
El problema es que con tanta salida y ganas de conquistar como a los veinte, el filtro masculino falla y es probable encontrarse con la figura de la loca psicópata que todo hombre debería evitar. Cuando eso ocurre, el separado no tiene la facilidad de tomar el teléfono y llamar a ese amigo que vuele a salvarlo, como sí lo hacen las mujeres. Entonces no queda más que la oreja del barman.
Así empieza la caída del reino de Peter Pan.

Friday, November 14, 2008

SEPARADOS, SEPARADAS... NO ES LO MISMO (PARTE I)

Hace algunos años me pidieron que escribiera un artículo sobre cómo "ellos" y "ellas" viven la separación. Yo, que algo sé por lo que he visto entre los separados y separadas que me rodean (no es peyorativo, todos tenemos tejado de vidrio) me aventuré a ironizar sobre el tema en una especie de narración-caricatura que al final no pasó el cedazo y no lo publiqué.
Ahora, gracias a la democracia que promueve Internet puedo hacerlo... Y lo haré por partes.

LA FACTURA

En una antigua teleserie brasileña -esas de las tres de la tarde que pueden salvar a cualquiera de un verano aburrido-, una rubia cercana a la cincuentena entra a la oficina de quien fue su pareja por más de una década y le estira una sorprendente cuenta a pagar. Él, impactado, no entiende por qué debería darle un cheque con varios ceros por una lista de gastos que incluye consultas al psiquiatra, ansiolíticos, estabilizadores del ánimo, suculentas compras, uno que otro paso por el cirujano plástico, clases de yoga, tarotista, parasicólogo y hasta consejero espiritual.
“¡¿Pero qué esto?!”, grita el hombre. Simple: la inversión que hizo la rubia después de separarse y que por “justicia” él debería reembolsar. Mal que mal, es parte de su reconstrucción emocional.
El hombre saca la chequera, escribe la cifra millonaria y se lo da. La rubia no queda contenta y recurre a frases del tipo: “te di los mejores años de mi vida” o “lo que pasa es que tú nunca estuviste enamorado” para sellar el momento (porque, asumamos que las mujeres somos buenas para sellar momentos con frases del estilo). Luego, la rubia recauchada-pero-herida hace el gesto despreciativo de rigor y sale de la oficina, digna como se ha prometido ser. El hombre, que ya ha decorado su escritorio con unos lindos marcos de fotos que muestran el nuevo rumbo que ha tomado su vida del brazo perfecto de otra mujer, sigue trabajando.
"Eso deberíamos hacer todas", me comenta una amiga en una tarde de copa de vinos y cigarros en el living de su departamento de soltera. "Ellos deberían recibir la famosa factura para saber cuánto nos costó sacárnoslos de la cabeza". Yo no estoy muy de acuerdo, pues lo veo como un ejercicio innecesario que podría atentar contra la propia dignidad. ¿No es mejor renacer como el Ave Fénix y hacer como que aquí no ha pasado nada? Algo así como decir "estuve fregada un buen tiempo, pero ya lo superé. Si en realidad no ERAS para tanto"...
Hombres y mujeres no viven igual la etapa post- separación. Sí comparten la tensión del desapego emocional y el cambio de casa (ambas situaciones que producen mayor estrés en una persona), pero reaccionan de forma muy distinta al encontrarse con la mitad del clóset vacío, en el caso de ellas, o pagando el arriendo de un departamento de un ambiente a medio pintar, en el de ellos.
Claro que, llegado un minuto -y también como reflejo de una ansiada libertad- todos logran ver el lado amable del cambio de status: más espacio para ellas, la ausencia de gritos de la esposa-madre para ellos. Y ellas pueden seguir comprando lo que quieran y cuando quieran sin esconder las boletas y bolsas para luego decir, con una sonrisita mentirosa, "¿no habías visto este vestido? Pero si es muy antiguo, lo tengo desde que estaba en la universidad".
Ellos gritan que son libres con la cara llena de risa, engordan porque se dedican a comer lo que quieren y cuando quieren, se juntan con los amigos en el nuevo departamento y disfrutan ensuciar el sillón, porque ya no hay gritos, caras largas ni vetos para los amigos.

"YA NO TE QUIERO. ÁNDATE"

En la romántica película argentina “Nueces para el amor”, el guapo Gastón Pauls se queja de la habilidad femenina de echar a los hombres de su propia casa cuando quieren separarse. Eso de que la mujer no diga: “Ya no te quiero, fulanito. Me voy”, sino que reemplace la última parte por un firme “Ándate”. Entonces al afectado no le queda más que despedirse de la casa que todavía está pagando, del sillón regalón, la cómoda cama, el refrigerador lleno y el adorado control remoto.
Luego, ella quiere que él saque sus cosas lo antes posible (“sus cosas”, entiéndase, no es más que su ropa y el cepillo de dientes) y, de haber hijos, impone de inmediato y sin necesidad de juez, horarios y días de visita. Es que la venganza es dulce, piensa la mujer antes de cerrar la puerta, largarse a llorar y llamar a la mejor amiga para gritar por ayuda, además de repetir una y mil veces que no puede haber aguantado por tanto tiempo a semejante pelmazo machista e insensible. "Nunca me gustó para ti", dice la amiga para dar consuelo (a lo mejor no lo piensa, pero la solidaridad femenina anula esos rasgos de honestidad. Todas sabemos que a una amiga en etsa situación hay que sacarla del hoyo pronto y como sea).
Una vez que cuelga, se queda tirada en la cama, mira el techo angustiada y su respiración se paraliza cuando la realidad se le viene encima: “Estoy sola”, se dice. De inmediato piensa en ese grupo de mujeres solitarias y amargadas de las reuniones de la película Jerry Maguire, o en aquellas que entran en la fase de la depresión y la posterior reconstrucción de una vida incierta con cien gatos en la casa. “¡¿Qué voy a hacer ahora?!”.
Recién comienza un largo y espeso camino para ella.
Pero no hay mal que dure cien años.